El Blog de Los Diletantes

[Fragmentos] Matadero Franklin

Publicado por Ulises Lima el 23 de Junio de 2020

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Matadero Franklin

Parte I

Está sentado frente al ataúd, sin moverse, sin ánimo ni voluntad para ponerse de pie ni para ayudar a las viejas que ordenan las flores, los recipientes con agua y la pequeña mesa que será el improvisado altar para el cura cuando venga a bendecir el cadáver de su madre.

Los vecinos comenzaron a llegar temprano en la mañana, una vez que fueron avisados por doña Jovita y la señora Nury del fallecimiento de la Rita, ahora la finada, en boca de todos los presentes. Durante las horas en que las ancianas desaparecieron, él tuvo que custodiar a su madre, inerte sobre la cama. Los ojos mirando al techo, la boca abierta, la piel resquebrajada pegada a los huesos del rostro, aferrándose a ellos, negándose a abandonar la vitalidad de ese cuerpo aún cálido.

—Usted se queda con su mamita, mi huacho —dijo doña Jovita—. Con la Nury vamos a ir a buscar al curita y al doctor. No se me asuste, que la Rita me lo está cuidando; está con el Señor, mi niño, usted tranquilito.

Las viejas limpiaron con paños húmedos, la frente y los pómulos ennegrecidos de su madre, y tras besarle la frente y cubrirla con la sábana hasta el pecho, se retiraron y lo dejaron allí, solo, en silencio, iluminado primero por las velas, luego por los primeros destellos del amanecer, que se colaban por las cortinas entreabiertas, junto al frío y a los murmullos de la gente que a esa hora comenzaba la jornada.

El silencio sigue cubriéndolo, pese a que las voces de unas sesenta personas se oyen fuerte, a diversos volúmenes. Las viejas despejaron el living y pusieron al centro el ataúd, con la ventanilla abierta para que la gente pueda mirar por última vez el rostro de Rita y despedirse de ella. Rita Leiva, su madre, con esporádicas parejas, la madre que nunca habló de su padre, Mario Leiva, el Marito, o Cabro, el Cabro, como lo conocen en el barrio y las personas que cuidaron de Rita durante el padecimiento de esa enfermedad tan extraña que la consumió en cosa de meses, sin echar pie atrás, como termitas corroyendo madera fresca.

Doña Jovita le trajo pantalones, camisa y corbata. Tuvo que usar los viejos zapatos de siempre, pero lustrados, dignos y limpios pese al desgaste del cuero y de las suelas. El ataúd está rodeado de toda clase de flores y coronas, la más grande es la del Sindicato de Cristalerías Chile, al cual pertenecía Rita, por años funcionaria de esa fábrica. Los compañeros y compañeras de trabajo están allí, vestidos con sus mejores ropas, con gesto apesadumbrado, mirándolo de reojo, sin atreverse a decirle nada, para no sacarlo de su ensimismamiento. Los vecinos cerraron la calle Dávila Larraín, donde ubicaron largos mesones y sillas.

Desde el bar El Manchao llevaron pipas de chicha y vino para aplacar la sed, y las mujeres han estado cocinando toda la mañana carnes y ensaladas para los asistentes al velorio. Han llegado también algunos cantores de cueca, quienes han entonado décimas y lamentos en honor a la difunta.

Pero nada saca del silencio al Cabro.

 

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