El Blog de Los Diletantes

Cuando conocí a Hernán Casciari

Publicado por Ulises Lima el 20 de Marzo de 2020

Texto escrito por Arturo Belano,

publicado por Ulises Lima.

I

A Hernán Casciari lo conocí el día que un compañero de trabajo me lo recomendó como “un gordito argentino, muy entretenido que lee cuentos en YouTube.”

Hasta mediados de 2019 no había escuchado, ni leído, su nombre en ninguna parte. Yo conocía escritores argentinos de verdad no cuentistas de YouTube. Mi prejuicio era definitivamente grosero, por ello es que antes de ver el primer video de Casciari, pensaba en una versión argentina de Germán Garmendia, y eso me desanimaba.

Quizá por lo mismo pasaron varios días desde la recomendación, hasta que sin más, le di una oportunidad. Mientras el semáforo en rojo me daba tiempo para manipular mi teléfono móvil, que tenía conectado al auto, decidí no poner música de Spotify y probar con un video del “gordito argentino buena onda”. Navegaba la hora del taco Santiaguino, pasadas las seis de la tarde, y pensé que una buena forma de aprovechar el tiempo muerto en medio de un enjambre de automóviles era escuchando cuentos. El sol me daba de frente, mientras esperaba que el semáforo me diera la luz verde para continuar por Los Conquistadores en dirección a La Concepción.

El primer cuento que escuché entonces fue Los consejos de Don Marcos.

Me sorprendió. Todavía lo escucho y me emociona. Incluso a veces, mientras intento escribir algo que me guste, algo que no necesariamente sea un cuento pero que tenga al menos la forma de un cuento, pienso en Casciari imitando a Don Marcos con las expresiones “innecesario” “inmoral” o “esta frase no está mal“. De algún modo, me recuerda a Poli Délano comentando alguno de mis textos, casi con la misma expresión que interpreta Hernán diciendo “esta frase es innecesaria“.

No lo podía creer. No era Germán Garmendia, era algo totalmente distinto. Inesperado, improbable, que me gustó. Entonces en los veinte minutos de trayecto que me quedaban, escuché dos veces más el mismo cuento, y luego le di la opción a un segundo, que también me deleitó.

Llegué a casa y vi cuatro o cinco videos más. Compartí Los consejos de Don Marcos a mis hermanos, tíos, a mis padres, a algunos amigos. Mira a este “gordito argentino buena onda”, decía.

Fue como amor a primera vista, y comencé a seguirlo. Ideé incluso una estrategia: tres videos por día para lograr ponerme al día en un mes con todos los videos pasados, y me suscribí al canal para recibir alerta de los cuentos nuevos que publicaba a razón de dos por semana. Todo me gustó, todo. Busqué su canal de Spotify y lo seguí ahí. Lo busqué en Twitter y lo seguí ahí. Luego en Instagram y lo seguí también.

Yo que por esos días leía como un enfermo, que sentía cada minuto pasado como la pérdida irrecuperable de páginas o libros menos que ya no podría leer, me encontré con un gordito argentino, de genio y talento que admiré desde el primer minuto, que me daba la posibilidad de esperar con ansias, como nunca antes, el taco de la tarde.

II

Descubrí una suerte de pasión por la literatura después de los 20 tras leer Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño, y las dos novelas breves de Alejandro Zambra, Bonsai y La vida privada de los árboles. Estudiaba Ingeniería, y luego de los primeros años encerrado entre teoremas y corolarios matemáticos, descubrir a Bolaño y a Zambra fue revelador.

Tampoco es que no sabía que existía la literatura. Mi abuelo escribía dramaturgia, y aunque reconozco que las obras que leí son bien malas, lo que importa es que escribía. Quizá las pasiones no se heredan de padres o madres a hijos, si no más bien de abuelos a nietos.  Porque yo de chico escribía. Textos libres y sueltos, melosos y rimbombantes, alaridos de amor adolescente que mi familia celebraba como poesía. Con los años, y sobre todo después de Bolaño y Zambra, me aventuré a escribir sin rimas forzadas, atisbos de prosa para crear cuentos o historias. Digo esto con orgullo, porque es real: no era prosa ni tampoco cuentos ni historias, y eso me parece lindo.

Cuando conocí a Casciari no había logrado escribir un solo cuento del que me sintiera orgulloso o satisfecho o feliz. Tenía 35 años y trabajaba de lunes a viernes entre planillas de excel y slides de power point, sentado frente a un computador, que dejaba solo para almorzar e ir al baño. Aunque lo más importante ocurría en los extremos del día. Comenzaba cada jornada con una hora de lectura en la mañana, antes de entrar al trabajo, y culminaba frente a mi computador personal, sentado en el comedor de mi pequeño departamento, escribiendo cuentos hasta pasada la medianoche. Llevaba casi diez años en ese ejercicio regular.

A pesar de que muchos insisten en lo contrario, ser ingeniero es aburrido. Es algo definitivo, la ingeniería es una disciplina desafiante pero su ejecución diaria es una soberana lata. Y estudié ingeniería porque me gustaban las matemáticas. Y las matemáticas me gustaron mucho el día que comprendí bien los mecanismos que explican una multiplicación o una suma, y que manejándolos, era innecesario memorizar que seis por siete era cuarenta y dos, porque calcularlo era posible y sencillo. Ese descubrimiento (o esa comprensión) fue alucinante, y un privilegio porque fuimos muy pocos los que pudimos acceder a él en esa edad temprana.

Tal vez la literatura fue mi posibilidad de fuga, y por eso me atrapó con facilidad.

En mi trabajo, mi escritorio se llenó de libros. Libros de literatura digo, novelas, cuentos. Bioy Casares, Vargas Llosa, Saramago. Y en mi departamento, la mitad de la mesa del comedor estaba sitiada por novelas y libros de cuentos que me habían gustado, y que revisaba mientras intentaba escribir por las noches. Javier Cercas, Vila Matas, o Adam Thirlwell.

Lo verdaderamente importante, eso si, ocurrió cuando cumplí 28 años y un amigo me habló de un taller literario al que iba su cuñado. Por supuesto que yo nunca había escuchado qué era un taller literario. Y aunque él solo me explicó que era un lugar para aprender a escribir, lo que me dejó con la misma incertidumbre puesto que yo estaba seguro que sabía escribir desde los seis años, le pedí que le preguntara más a su cuñado porque quería entender mejor qué significaba un taller. A lo mejor podía interesarme.

Así llegué al taller de Poli Délano, un experimentado y sabio escritor chileno que estaba al borde de los ochenta años. Cada jueves, sagrado, durante cinco años fui al taller. Leía, y criticaba. También escribía, y esperaba los comentarios. Sobre todo esperaba los comentarios de Poli. Nos hicimos amigos. Teníamos casi cincuenta años de diferencia, pero al menos una vez por trimestre, nos juntábamos solo los dos a hablar de literatura y a tomar Whisky o Martini seco. Nos emborrachábamos. La literatura, pero sobre todo el alcohol fue una forma de hacernos amigos, de querernos. Poli era un escritor de verdad. Vivía como escritor de verdad, y eso para mí era más admirable que cualquier cosa. Sin embargo Poli no vivía en el delirio, como la mayoría de los escritores, sino que más bien, Poli vivía en la seguridad que dan ochenta años de vida, cultivando y compartiendo la sabiduría de los años, con mucho cariño pero sin decir ni una sola vez te quiero o te estimo. No obstante, pienso que recibirme en su despacho, para contarme qué estaba leyendo, o anécdotas que vivió con escritores como Cortázar o García Márquez, o que aprendió a leer con un poema de Neruda, porque Neruda le había puesto el apodo de Poli, porque vivió con Neruda en México, porque Neruda era amigo de sus padres, o simplemente para animarme a que siguiera escribiendo, que no dejara que esa luz de la literatura se apagara porque tenía futuro, eran sus formas de decirme te quiero. Eso pensé, al menos, el día que falleció en el Hospital del Tórax a causa de una neumonía. Más aun esa misma noche escribí lo siguiente:

El martes recién pasado volví a visitar a Poli, ahora en el Hospital del Tórax, donde había sido trasladado porque la neumonía no cedía. Lo vi mal, muy mal. Él tenía el mentón pegado al pecho, y los ojos cerrados. Yo estaba silente, a un lado de su cama. Entonces abrió los ojos y me dijo: ven, acércate. Me acerqué. Continuó: quiero que escribas un cuento, un cuento de ciencia ficción, donde los dos seamos los protagonistas. Y a continuación me dio el argumento de la historia: yo tenía que matarlo sin que nadie se diera cuenta, y sacarlo de ese hospital de mierda. Sin mirarme volvió a cerrar los ojos. Al escucharlo me estremecí. Luego me despedí, le toqué su mano, acaricié su cabello y con unas palmaditas suaves en el hombro le dije al oído: te quiero Poli, te quiero. Y me fui… pensando en que iba a escribir ese cuento.

Cuando escuché entonces ese primer cuento de Hernán Casciari, pensé que Don Marcos fue para Hernán lo que Poli había sido para mí. Nuestras historias eran distintas, por cierto. Yo nunca fui ni cocainómano, ni gordo, y seguro que él contestaría que por suerte él no fue chileno, a modo de empate. Pero tal vez, por esta especie de semejanza, me interesé en Casciari y su obra, y quizá también por esta especie de semejanza decidí que algún día viajaría a Buenos Aires para conocerlo.

III

En enero supe a través de Instagram que el lanzamiento del nuevo show en vivo tendría lugar en Berlina Vorterix, un bar en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. Sería la primera semana de febrero.

A pesar de ser ingeniero, el dinero no abundaba en mis bolsillos. Ni que decir en mi cuenta corriente. Eso era un problema cuando, teléfono en mano y con el brillo en mis ojitos, me enteré del nuevo show. Pero el deseo te obnubila y es como un anestésico para la razón. Hice cálculos, y decidí pedir un crédito de consumo por un millón de pesos para ir un fin de semana a Buenos Aires, por tierra vía Mendoza. Pagar el bus de ida, pagar mi comida, pagar un hotel, pagar el transporte, comprar libros y pagarlos, pagar el bus de vuelta. Partir el jueves, y regresar el lunes. El show era el sábado. Bien administrado, me quedaría un saldo para pagar la primera cuota del crédito.

Y tres semanas antes del show pedí el crédito. Con el dinero en mi cuenta, estaba todo listo -pensé. Acá es cuando, a pesar del odio, debe aparecer mi jefe. El hijo de puta de mi jefe. El tipo oligofrénico que tenía que arruinarlo todo una vez más: tengo que darte la terrible, la mala, la insoportable noticia de que no sigues trabajando con nosotros -dijo. Y lo dijo con una sonrisita burlona que no pudo reprimir. Juro que sentí como mi rostro perdía el color.

No hay mal que por bien no venga, me obligué a pensar. Ahora disponía de todo el tiempo del mundo, de la tranquilidad que me daba saber que me levantaba para quedar desocupado.

Llegó el día en que tomé el bus rumbo a Mendoza primero, y luego durante toda la noche rumbo a Buenos Aires. Y aunque podría relatar desde la impresión que tuve al llegar a la capital argentina, en la terminal de buses de Retiro, o en el subte que tomé para ir al hostal que estaba en calle Entre Ríos, o en La Casa Rosada y la Plaza de Mayo, o en Palermo, el cementerio de La Recoleta y el Café La Biela, prefiero ir directo al grano: yo frente a la puerta de Berlina Vorterix, mirando como alguien que no está seguro de si es ese el lugar que busca, con las manos en los bolsillo y los hombros un poco alzados. ¿Acá es el show de Casciari?. Pregunté sabiendo que era el lugar correcto. Pregunté mirando hacia el interior, como buscando a alguien. Pregunté sobre todo para no sentirme solo. Sí, acá es -fue la respuesta que obtuve. Lacónico de mierda, pensé.

Mostré el código QR que tenía en el pdf de mi celular, y entré.

Las cabezas inundaban el lugar, al igual que el bullicio de las innumerables conversaciones que decoraban el tiempo de espera. Las mesas parecían la gradería de un estadio lleno, y no es que fueran para dos o cuatro, eran mesas largas donde se sentaban diez personas por lado y lado. Eso es lo que divisé luego en la penumbra, desde la barra que era casi el único lugar iluminado, además del escenario sobre el que caía una luz que dejaba ver una pequeña mesa redonda, sobre la que descansaban unos libros junto a una botella de agua, y una silla vacía esperando al héroe de la noche.

Está de más decir que no conocía a nadie, asi que un asiento disponible no tenía. Hice como que buscaba un lugar, me movía de un lado para otro, y aunque estaba seguro que ya no había espacio, simulé el gesto de alguien que busca. Cuando me convencí de la derrota, me fui a la barra, y pedí una cerveza. Desde ahí, y de pie, podía ver el escenario perfectamente.

Esperé de pie, mirando nada. Cuando se me acabó la cerveza, pedí un whisky con dos hielos. No sé por qué precisé que fueran dos hielos. Podía ser uno, o tres y daba lo mismo. Pero dije, como alguien que lleva años experimentando esa combinación: un whisky con dos hielos por favor. En ese momento salió Casciari, y el barullo cesó en menos de un segundo. Primero aplausos, luego silencio. Ahí estaba, el héroe de la noche.

Contó tres cuentos que yo no había escuchado antes, incluida la historia medio increíble de los dueños de la casa en que tuvo el infarto en Montevideo.Saqué tres fotos, y grabé dos videos. Pensé en lo tonto que es grabar videos en momentos que son importantes. Hipotecamos el presente por la ilusión de un goce futuro envasado en imágenes y sonidos de celular. Cuando terminó aplaudí con entusiasmo, exageradamente. También silbé, grité muchas veces ¡bravo Hernán!

Al rato se armó una fila, frente a una mesa vacía, que en pocos minutos ocupó Casciari. Firma de libros, y foto con los lectores. Se le veía cansado y transpirado, pero poniéndole toda la onda a cada foto, con caras ridículas y sonrisas. También regalando abrazos, apretones de mano, y mensajes amistosos. Quiero decir, muy sencillo, sin exageraciones ni cumplidos para sus lectores.

Esperé a que la fila casi acabara, apurando un segundo vaso de whisky, y me puse en la espera, con mi libro en la mano.

– ¿Para…?

– Arturo Belano, dije.

– Ok Arturo.

– Vengo de Santiago, de Chile. ¿Te veremos allá este año?

– Y sí, espero ir por allá antes de fin de año -dijo mirándome a los ojos. Confirmando en ese gesto que no estaba diciendo algo para quedar bien y salir del paso rápido. (Eso quiero creer jaja)

Firmó mi libro, se paró para darme la mano y un abrazo de despedida. Muchas gracias Hernán le dije yo, de manera torpe, nervioso. Porque las personas a las que llegamos a admirar primero en una pantalla, luego, cuando están frente a uno en carne y hueso, te producen una reacción extraña.

Y le dije chao, y me di media vuelta, y me dirigí a la puerta para salir.

Tenía todavía 100 pesos argentinos en el bolsillo. La humedad afuera asfixiaba. Detuve un taxi y me subí.

– ¿Dónde lo llevo?

– A un bar. Digo, cualquier bar, o llévame al que para ti es el mejor de Buenos Aires, uno donde te emborracharías para celebrar tus alegrías. Yo invito, no te preocupes.

Lectores Salvajes

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