El Blog de Los Diletantes

[Fragmento] La esquina es mi corazón

Publicado por Ulises Lima el 18 de Noviembre de 2019

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Anacondas en el parque

A pesar del relámpago modernista que rasga la intimidad de los parques con su halógeno delator, que convierte la clorofila del pasto en oleaje de plush rasurado por el afeite municipal. Metros y metros de un Forestal “verde que te quiero” en orden, simulando un Versalles criollo como escenografía para el ocio democrático. Más bien una vitrina de parque como paisajismo japonés, donde la maleza se somete a la peluquería bonsái del corte- milico. Donde las cámaras de filmación, que soñara el alcalde, estrujan la saliva de los besos en la química prejuiciosa del control urbano. Cámaras de vigilancia para idealizar un bello parque al óleo, con niños de trenzas rubias al viento de los columpios. Focos y lentes camuflados en la flor del ojal edilicio, para controlar la demencia senil que babea los escaños. Ancianos de mirada azulosa con perros poodles recortados por la misma mano que tijeretea los cipreses.

Aun así, con todo este aparataje de vigilancia, más allá del atardecer bronceado por el esmog de la urbe. Cuando cae la sombra lejos del radio fichado por los faroles. Apenas tocando la basta mojada de la espesura, se asoma la punta de un pie que agarrotado hinca las uñas en la tierra. Un pie que perdió su zapatilla en la horcajada del sexo apurado, por la paranoia del espacio público. Extremidades enlazadas de piernas en arco y labios de papel secante que susurran “no tan fuerte, duele, despacito, cuidado que viene gente”.

Por el camino se acercan parejas de la mano que pasan anudando azahares por la senda iluminada de la legalidad. Futuras nupcias, que fingen no ver el amancebamiento de culebras que se frotan en el pasto. Que comentan en voz baja “eran dos hombres, ¿te fijaste?”. Y siguen caminando pensando en sus futuros hijos hombres, en prevenirlos de los parques, de esos tipos solos que caminan en la noche y observan a las parejas detrás de las matas. Como ese voyerista que los miraba a ellos mismos hace un rato. Los miraba hacer el amor en la dulzura del parque, porque no tuvieron plata para el motel, pero gozaron como nunca en esa intemperie verde, con ese espectador que no pudo aplaudir porque tenía las manos ocupadas, corriéndosela a todo vapor, moqueando un “ay, que me voy, por favor espérense un poquito”. Entonces ella le dijo a él “sabes que no puedo si alguien está mirando”. Pero a esas alturas el “no puedo” fue un quejido silenciado por la fiebre y el “alguien está mirando” un condimento de ojos egipcios nadando entre las hojas. Un vahído abismal que engendró pupilas de bronce, en el par de ojos que le brotaron a su embarazo. Y cuando el péndex cumplió quince años, ella no le dijo “cuidado con los parques”, porque supo que el dorado de esos ojos eran hojas sedientas de parque. Por eso calló la advertencia. El “cuidado con los parques” podía ser una sinopsis de gasa verde, un descorrer apresurado la cortina de su joven prepucio. Un lanzarlo a recorrer el maicillo como áspid en celo, haciéndose el leso, que prende un cigarro para que el hombre que lo sigue le pida fuego y le pregunte “¿en qué andas?”. Y sin esperar respuesta lo empuje suavemente detrás de las matas.

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