El Blog de Los Diletantes

Por Diego Vargas Gaete

[Entrevista] – Matías Amoedo

Publicado por Ulises Lima el 26 de Agosto de 2018

* Por Diego Vargas Gaete

Matías Amoedo (Buenos Aires, 1975) autor de la novela “Efecto Tequila” (Momofuku, 2014) y de la nouvelle “Un Pequeño tornado llegará desde el mar” (Leer es futuro, 2015) *.

Matias Amoedo

El universo narrativo que plantea Matías Amoedo (Argentina, 1975) transcurre en Buenos Aires, San Isidro y Miramar. Es un territorio que, más allá de la ficción, lo acompaña desde su infancia y desde éste el autor revisa el presente, construye fragmentos del futuro y visita la década de los noventa mientras crea hogares que se niegan a desaparecer, padres que se comportan como soles que encandilan, pandillas disfrazadas de bandas musicales y, de manera destacada, rotundos retratos sicológicos que desnudan a cuerpo entero a sus personajes. Pareciera ser que el imperativo de Amoedo es hablar de la intimidad, de la inevitable fuerza centrípeta que habita al interior de cada familia. Para ello echa mano a lo que conoce: su biografía, lo que aprendió en alguno de sus viajes, las personas que se han cruzado en su camino, los múltiples trabajos que ha realizado. Un universo que transita por las risas, la soledad, el compañerismo, el dolor y la incombustible posibilidad de redimirse, quizás, esta última, una de las búsquedas más importantes de todo ser humano.

Tus libros construyen relatos universales anclados a un territorio que actúa como denominador común. Cuéntanos un poco de esos lugares que aparecen en tus novelas y también dinos si piensas (o no) que el espacio donde nace y crece un autor determina su obra.

Crecí en San Isidro, zona norte de la provincia de Buenos Aires. Es un barrio bastante conservador de clase media-alta, donde se practica el rugby y la religión católica. Tuve la suerte de tener un padre bastante inquieto que siempre encontraba la manera de ligar sus negocios a otras ciudades. Gracias a eso viajaba mucho por el país y yo, como hijo varón mayor, lo acompañaba a todos lados. Entre esos negocios, fue propietario de un balneario en Miramar, un pueblo cerca de Mar del Plata, que en verano es un hervidero de gente y en invierno se transforma en pueblo fantasma. Mi familia pasaba de diciembre a marzo ahí, pero también viajábamos en otros meses del año para hacer arreglos o pagar deudas. Yo pasé varios veranos en Miramar, y entre los 15 y 22 trabajé en el balneario. Fui carpero, mozo, administrador, pinté paredes y muchas cosas más. Quise ser guardavidas pero el curso era tan exigente que me desalenté antes de comenzarlo. Además, mi madre era de Santa Fe y durante mi infancia íbamos al menos dos veces al año a visitar a mis abuelos. Luego mis abuelos vinieron a vivir a Buenos Aires y ya no fuimos más. Por último, estuve casado con una mujer de Costa Rica por más de diez años, lo cual implicaba viajar de vez en cuando a visitar a su familia.

La mía es una literatura bastante vivencial, por lo tanto es muy lógico que así sea. Pero no sólo los lugares, también las personas con las que me relacioné y los distintos oficios que tuve determinan lo que escribo.

Una de las constantes en tus libros es la familia como el motor desde donde surgen los conflictos y las historias. Haces, por ejemplo, un trabajo muy prolijo en la construcción de la figura del padre que opera como una sombra que a veces impulsa o frena a su descendencia. ¿En qué te fijas a la hora de crear a un personaje? ¿Utilizas algún método?

Una vez, mi primer maestro de escritura, que además es psicólogo, me preguntó si nunca me había cuestionado el hecho de tener tantos amigos locos. Yo no los llamaría locos, pero me gustan y atraen mucho las personalidades complejas, hasta disparatadas por decirlo de algún modo. Y creo que esas amistades, sumadas a ciertas dosis de locura en algunos de mis antepasados, determinaron a muchos de mis personajes. En cuanto al método, a veces me baso en alguna persona que conozco y luego le voy incorporando nuevos matices y rasgos a medida que transcurre la novela. Pero también me gusta crear personajes de cero y, al fin y al cabo, son aquellos con los que me encariño más.

¿Qué sensaciones tienes mientras escribes una novela, y qué pasa cuando llegas al punto final? ¿Te siguen visitando los fantasmas que habitan en el libro?

No corro maratones, pero una vez me inscribí en una carrera de nueve kilómetros en aguas abiertas. Supongo que la sensación de escribir una novela es algo similar: adrenalina y miedo antes de empezar; mucha calma en la largada para no quedarte sin aire; concentración, tenacidad y constancia durante la mayor parte de la carrera; aceleración máxima al vislumbrar la meta. Y, al final, el goce y el relax de la tarea cumplida. Los fantasmas aparecen durante el proceso, con el final se van solitos. Una de las mejores decisiones literarias que tomé en mi vida fue abandonar una novela por la mitad. Es algo que recomiendo mucho, como dejar una relación que no te hace feliz.

Muchas escritoras o escritores confiesan haber experimentado una suerte de iluminación o encontraron una señal o vivieron uno o más episodios a partir de los cuales constataron que estaban atrapados, que no les quedaba otro camino, pues su deber o su necesidad primaria era la de contar historias. ¿Es así en tu caso?

Lo de la iluminación a veces ocurre, sin dudas. Por ejemplo, te cuentan una historia, o ves algo que pasa en la calle y enseguida pensás: esto es para mí. Creo que el entrenamiento y el oficio te vuelven más perceptivo y alerta. Igual, lo mío es sencillo: si no escribo, o si no estoy embarcado en algún proyecto de libro, comienza a dolerme la espalda, el estomago, me irrito mucho y termino por volverme una persona insoportable. Aunque no quiera, no me queda más remedio que escribir. Eso por un lado. Por otro lado, escribir me ha ayudado a resolver cuestiones personales que ni con veinte años de terapia hubiera logrado superar. Como, por ejemplo, amigarme con mi padre, entender a mi madre, perdonarme a mí mismo. Pero la realidad es que escribo porque soy chismoso por naturaleza.

¿Cuál es el rol que le asignas a un novelista dentro de la sociedad?

Creo que la literatura sirve para mostrar de un modo distinto, más lúdico, lo que a simple vista no se ve. Más allá de eso, no creo que tengamos un rol mucho más relevante al de cualquier otra persona. Ahora bien, organizados es otra cosa. Por ejemplo, ahora mismo, el movimiento de escritoras que militan por el aborto legal, seguro y gratuito. Creo que ellas han logrado llegar a muchísima gente a fuerza de creatividad, firmeza y voluntad.

¿Qué influencias extraliterarias hay en tu obra? ¿Música? ¿Cine? ¿Viajes? ¿Hobbies¿Trabajos? 

Hace poco me reuní con un director de cine por un proyecto y me pidió que rememorara las películas que había visto durante la escritura de mi primera novela. Ahí me di cuenta de que la novela estaba más influenciada por el cine de lo que pensaba. Por ejemplo, todas las películas de Wes Anderson, o la película C.R.A.Z.Y. de Jean-Marc Valleé. También por algunas series, como Shameless. La música es un apoyo importante a la hora de crear escenas y climas. De hecho, las películas que mencioné tienen muchísima música. Los trabajos que tuve también me sirven mucho para darle cuerpo a personajes. Además de los oficios que tuve en el balneario, fui cadete de un supermercado, camarero en un bar de Costa Rica, tuve un vivero, trabajé en tres multinacionales, en una empresa de transportes, fui gerente de logística de una compañía farmacéutica, y ahora, además de escribir, me dedico a la gastronomía. Hobbies nunca tuve y espero nunca tenerlos.

Viaje Buenos Aires-Shanghai, veintisiete horas de vuelo, insomnio, no funcionan las pantallas para ver películas, elige un compañero de charla y asiento.

En lo posible, una persona a la cual le guste el vino y se dedique a algún oficio que yo desconozca por completo, como mago, domador de leones, líder espiritual de una secta religiosa. El mejor compañero de viaje que tuve fue un pastor evangélico algo borrachín que viajaba a México en un programa de intercambio. Lamentablemente me suelen tocar ejecutivos acartonados que despliegan sus Macs sobre la mesita y se hacen los importantes con sus planillas de cálculo y power points. Por lo tanto, hoy me conformo con una persona amable, que no tenga pánico a volar y no se moleste si me levanto varias veces al baño o a estirar las piernas.

Tres cosas que jamás debe hacer un aprendiz de escritor.

Apurarse a escribir una novela, ilusionarse demasiado con ganar un premio, desesperarse por publicar. Cuanto más bajas sean sus expectativas con respecto a lo que la literatura le dará, mejor. Luego, la literatura sabrá recompensarlo de las maneras más insólitas.

¿Qué estás escribiendo actualmente? ¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Acabo de terminar mi segunda novela, con la cual, al contrario de lo que respondí en la pregunta anterior, tengo altas expectativas. Por otro lado, un director de cine está trabajando en la adaptación de algunos textos míos. Es un proyecto aún muy verde, pero que me entusiasma mucho, por más que en el futuro la gente, y probablemente los actores, nunca sepan que yo tuve algo que ver. Al final, todas las películas siempre son “la última película de Ricardo Darín”. Por último, tengo un proyecto de novela sobre cuatro amigos de Zárate, una ciudad industrial al norte de la provincia de Buenos Aires, que a sus dieciocho años intentaron viajar al norte de Brasil en el Renault 11 de la tía de uno de ellos. La novela empieza así, y es todo lo que tengo por ahora: el auto detenido en una desolada ruta brasileña, el capó levantado y los cuatro amigos reunidos frente al motor humeante, sin saber qué hacer. Algo similar a lo que me ocurre cada vez que empiezo a escribir algo nuevo.

Matías Amoedo

Matías Amoedo en el estadio German Becker de Temuco, Chile.

*En este link se puede leer la totalidad de la nouvelle Un pequeño tornado llegará desde el mar.

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